Se muestran los artículos pertenecientes al tema El Faro de Alejandría.

JET LAG

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            Dejó el libro a un lado y se levantó. En cuanto afirmó sus pies descalzos en la hierba, la invadió una inexplicable sensación de bienestar. La letra impresa comenzó a licuarse formando hileras. Las hileras se volvieron chorro de agua transparente; el chorro se  volvió estanque. El libro era ahora agua. Una delicada brisa le acunó la falda. Era estupendo sentirse así, ligera como la brisa, tranquila como el agua del estanque. Dio unos cuantos paseos y giró sobre sí misma, disfrutando de la sensación de dominar su propio equilibrio. Las piernas respondían a todos y cada uno de sus movimientos, por leves que éstos fueran, sin temblor alguno. Probó a saltar, no sin cierto miedo: primero tímidamente, luego con más ímpetu, como si una imaginaria cuerda revolotease bajo sus rodillas. Durante una fracción de segundo, le pareció escuchar de nuevo los cánticos infantiles  del patio  de su colegio de monjas, cuando sólo había una cuerda para dos niñas y ella era la encargada de garantizar el juego a perpetuidad. Se frotó los ojos. Y se sintió fuera de sí misma.

            Se arrodilló junto al estanque y se asomó a él. Antes de que pudiera verse reflejada, el agua se enturbió y tomó color gris plomizo. Las piernas comenzaron a pesarle como losas y se sintió inmóvil, como anclada al suelo por una pesada cadena. Quiso gritar, pero sólo logró sobresaltarse...

Te habías dormido. Siento despertarte, pero nuestro vuelo sale ya —sonrió él, acariciándole las mejillas antes de cargar el equipaje de cabina con decisión. Ella recogió el libro que le yacía sobre el regazo con gestos de autómata y la vista fija en los pies de él: sus dedos serpenteaban dentro de las sandalias como chispas nerviosas desprendidas de una hoguera.

El brazo de él ayudándola a levantarse sin el más mínimo gesto de cansancio, la sacaron definitivamente de su embotamiento. Las piernas de ella no eran ya ligeras ni obedientes; él pareció notarlo y le sonrió con los ojos mientras los altavoces hacían la última llamada.

—¿Quieres hacer algo especial cuando lleguemos? —preguntó él.

—No tengo nada pensado... Tal vez mar y café sea suficiente... —dijo ella, asiéndole el brazo.

Y mientras, la tierra se volvió pequeña y lejana, hasta convertirse en un extenso cuero viejo acuchillado a jirones.

 —¿En qué orden? Porque no resultará fácil azucarar el mar, ¿sabes? —rió él, con aire despreocupado.

Ella rió también, imaginando que los dientes que asomaban en la risa de él eran en realidad azucarillos a punto de deshacerse en su café.

Mientras haya mar y café, siempre será suficiente...—susurró ella, dejándose invadir por el silencio.

Volvieron a sonreírse con los ojos, que nunca sabrán disimular lo que callan los labios.

Al primer babelero, para que nuestro primer aeropuerto no sea el último...

02/08/2008 11:47 Autor: Laura Novelle. #. Tema: El Faro de Alejandría Hay 3 comentarios.

LA ESPALDA

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Hay cosas que ella no puede decirle a la cara... y por eso se las susurra a su espalda. Cuando le da la espalda sin más sonido que el de sus alientos sincopados por el calor, ella respira el olor de sus latidos con la violencia del primer llanto de un recién nacido. Y le duele como un navajazo afilado en el diamante de sus lágrimas. De las lágrimas de los dos.

Ella prefiere callar porque así muere; y mirarle, porque así resucita.

Ella prefiere que él ría sus despistes, antes que confesarle que su brújula lleva siempre al faro de su ojos.

Ella prefiere fingir que no se acuerda, antes que confesarle que lleva clavadas su primera sonrisa de mar y café, y también el instante antes de que un rictus de amargura desdibujara por primera vez el suave filo de sus ironías.

Ella prefiere rechazarle los brazos, para no tener miedo de deshacerse en ellos como la arena de un reloj recién volteado.

Ella prefiere darle la espalda por la cobardía de todas las heridas que le abarrotan la almohada.

Hay cosas que ella no puede decirle a la cara... y por eso se las susurra a su espalda. Con todo lo que ella le ha contado a su espalda, él podría despejar todas las incógnitas que aún le quedan, sin tener que preguntar nada.

Hay cosas que ella no puede decirle a la cara para no hacerle daño. Y por eso se las susurra a su espalda. Para que las lleve con él sin que le pesen, transformadas en un fardo de nubes, atado con todos los abrazos que ella nunca pedirá...

[Imagen: Espalda contra espalda, óleo y collage sobre tabla de Juan M. Varcárcel]

05/07/2008 18:54 Autor: Laura Novelle. #. Tema: El Faro de Alejandría Hay 16 comentarios.

EL SUEÑO

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¡Cómo me gustaría ser esa lágrima que nunca te atreverás a llorar, para hacer de tus ojos mi casa! —pensé, antes de dormirme al compás que marcaban tus caricias en mi pelo.

Soñé que no existía el frío ni el calor, el hambre ni la sed. Soñé que no existía la hipocresía, el engaño ni el dolor. Soñé con los niños del desierto sin tiendas de campaña en el corazón y sin arena en el alma. Soñé con urnas de cristal transparente rebosantes de ilusión. Soñé con una playa limpia del negro fuel de la desidia, del olvido y de la autocompasión. Soñé con un manantial de agua caliente, que burbujeaba más que mi sangre con tus abrazos. Soñé que yo era leve como el aire, liberada del lastre de mis derrotas. Soñé que sonreía al encontrar la cotidianidad de tus manías en el cuarto de aseo de la rutina. Soñé que podía detener el tiempo y mecerlo en mis brazos para que no me asfixiase el alma. Soñé que podía dejar de soñar las noches y empezar a vivir los días. Soñé que yo aprendía a ser yo, y que tú seguías siendo tú.

Y me desperté. Tú dormías.

Recordé que el tiempo no era nuestro, sino de otros. Recordé que mi vida se me escapaba un poco más cada día. Recordé que los niños del desierto no lloran para no malgastar ese milagro de agua que guardan los cuerpos. Recordé que fue necesaria una tragedia de chapapote para que nuestra tierra gritase por fin lo que siempre había callado. Recordé que las urnas se vuelven opacas con el calor mareante del poder. Recordé que apenas conozco tus manías porque nunca tengo tiempo para aborrecerlas.

Te despertaste... y el alfiler de tus ojos se me clavó en alguna parte. Sonreíste... y yo deseé no tener que necesitar más abrazos.

Tengo que irme —dijiste, antes de lastimarme con tu sonrisa una vez más.

Y yo no fui capaz de recordar mi sueño.

07/06/2008 19:56 Autor: Laura Novelle. #. Tema: El Faro de Alejandría Hay 1 comentario.

CARTA A MIS ABRAZOS PERDIDOS

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Y sabes mejor que yo que hasta los huesos, sólo calan los besos que no has dado... los labios del pecado

           

Queridos abrazos perdidos:

 

La espera de uno de vosotros me mantiene en pie cada día. Os espero con el ansia de una derrota anunciada, os presiento en los profundos rincones de todas las noches. Quiero creer que seguís ahí, pero yo no soy capaz de llegar a vosotros. Ya he descubierto por qué. Tengo miedo de querer hundirme en uno de vosotros para siempre. De imaginar que los recovecos de mi cuerpo sólo respiran el aire que vosotros le fabricáis. De abandonar mi torre apuntalada con las vigas de todos mis miedos para sentirme dentro de mi propia piel de carne y sangre. De no volver a ser la misma. De conseguir que uno de vosotros me desprenda de todo eso que no me deja ser lo que en realidad soy.

 

Quisiera pediros que me esperéis. Y que vengáis  a mí por mi boca, en el orden que queráis: uno a uno o todos a la vez, para que no tenga tiempo de contaros. Y que cuando haya consumido mi crédito de abrazos perdidos atrasados, yo misma pueda (re)crearos cada día con una nueva luz nunca usada. Pero debéis saber que sólo cuando sea yo la que vaya a vosotros con el alegre orgullo de amar desde la desesperanza, tendréis permiso para romper esta carta.

 

Saludos cordiales de mar y café. 

12/04/2008 11:23 Autor: Laura Novelle. #. Tema: El Faro de Alejandría Hay 3 comentarios.

LA LLAVE

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Abrió despacio el cofre otra vez y miró su contenido como si fuese la última. Dentro descansaban todos los besos insípidos, todos los abrazos olvidados, todas las miradas invisibles, todos los deseos incumplidos. Escondió el cofre en un lugar tan lejano que no fuese capaz de recordarlo y tiró la llave al fondo de un pozo.            

A partir de entonces vivió con miradas sin ojos, con abrazos sin latidos, con deseos prestados y con mejillas sin besos. Así se supone que debía vivir para ser fuerte, para no mostrar vulnerabilidad. Siempre por delante, siempre abriendo camino a otros, siempre cerrándoselo a sus entrañas. Luchó hasta sangrar, hasta conocer íntimamente todos los dolores posibles. Consiguió cosas que nadie había conseguido y llegó hasta donde nadie había llegado. Sembró aplausos, sembró envidias, hizo amigos duraderos, vio romperse nudos que creía bien prietos. Pero siguió en pie porque no recordaba haber tenido nunca un cofre y su llave no tenía pozo.               

Aunque aún no lo sabía, tal vez aquella primera noche el fondo del pozo se le apareció diluido en una taza de café. No podía saberlo, porque estaba demasiado ocupada en ser fuerte, en no ser vulnerable, en hacer todo lo que se esperaba que hiciera. Cuando quiso darse cuenta, el fondo del pozo era una mirada de musgo, cálida como la arena, profunda como el océano. Y se puso a buscar la llave, pero tampoco lo sabía aún... La mirada de musgo que era pozo, empezó a convertirse también en la carta de navegación hacia los lugares que no convenía recordar. Trató de equivocar el rumbo de la navegación pero fue inútil. La mirada de musgo llegó hasta el cofre y lo abrió con la llave maestra que descansaba en el fondo de otro pozo, salado como lágrimas templadas...               

Dentro estaba todo: los besos que era mejor no probar, los abrazos que era mejor no pedir, los silencios que era mejor no romper. El cofre abierto grita al mundo esa infinita debilidad que ninguna coraza puede ocultar. ¿Cómo volver a cerrar el cofre cuando ninguna llave encaja?

Tal vez su nueva llave sean los latidos de un abrazo pedido sin titubear. Si es así, a partir de ahora los dos guardarán copia y la llevarán colgada del hilo de sus miradas. Para que no se pierda. Para que nadie pueda abrir el cofre por ellos. Para poder mirar su contenido como si todas las veces fuesen la primera...

04/03/2008 13:44 Autor: Laura Novelle. #. Tema: El Faro de Alejandría Hay 2 comentarios.

ME BASTA ASÍ (por Ángel González)

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Este poema está dedicado a quien me resucita tras cada una de mis muertes...

 

Si yo fuese Dios
y tuviese el secreto,
haría un ser exacto a ti;
lo probaría
(a la manera de los panaderos
cuando prueban el pan, es decir:
con la boca),
y si ese sabor fuese
igual al tuyo, o sea
tu mismo olor, y tu manera
de sonreír,
y de guardar silencio,
y de estrechar mi mano estrictamente,
y de besarnos sin hacernos daño
—de esto sí estoy seguro: pongo
tanta atención cuando te beso—;
entonces,

si yo fuese Dios,
podría repetirte y repetirte,
siempre la misma y siempre diferente,
sin cansarme jamás del juego idéntico,
sin desdeñar tampoco la que fuiste
por la que ibas a ser dentro de nada;
ya no sé si me explico, pero quiero
aclarar que si yo fuese
Dios, haría
lo posible por ser Ángel González
para quererte tal como te quiero,
para aguardar con calma
a que te crees tú misma cada día
a que sorprendas todas las mañanas
la luz recién nacida con tu propia
luz, y corras
la cortina impalpable que separa
el sueño de la vida,
resucitándome con tu palabra,
Lázaro alegre,
yo,
mojado todavía
de sombras y pereza,
sorprendido y absorto
en la contemplación de todo aquello
que, en unión de mí mismo,
recuperas y salvas, mueves, dejas
abandonado cuando —luego— callas...
(Escucho tu silencio.
Oigo
constelaciones: existes.
Creo en ti.
Eres.
Me basta).

 

© Ángel González para La Cascada de Babel

14/02/2008 12:04 Autor: Laura Novelle. #. Tema: El Faro de Alejandría No hay comentarios. Comentar.

ABISMOS DE SILENCIO

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Me gusta el silencio, porque muestra más de lo que esconde. A veces, hasta creo saber de qué material está hecho. Casi siempre es más hondo y más profundo que las palabras: a ellas las pronuncias y al instante ya se han esfumado, pero el silencio permanece, se hace aire, pesa. Puedes inhalarlo, sentirlo, construir sobre él. A los dos nos gusta el silencio, que suele pedir paso entre nosotros sin que lo busquemos. Y en esos momentos todo cobra otro sentido, fugaz y trascendente a la vez. He llegado a pensar que en ocasiones ninguno de los dos aprecia el disfrutar de la compañía del otro, sino el hecho de compartir el silencio juntos. Cuando estamos bajo el mismo techo hablamos lo imprescindible, y a veces menos. Pero no dejamos de observarnos mutuamente; ambos sabemos que lo hacemos y parecemos haberlo aceptado como una forma de comunicación más eficaz que todas las conversaciones posibles. Puedo sentir su mirada resbalando sobre mí aunque no le vea; como sé que él siente la mía cuando no me mira. Si alguna de estas miradas es sorprendida en su transcurso, huye y se desvanece, como si sólo tuviera entidad mientras no sea percibida directamente por el otro. Son miradas fugaces, profundas y cortantes como filos de navaja, que sólo existen para ser sentidas.

            Cuando nuestros ojos se encuentran es distinto. Su mirada es firme e incisiva, pero esconde algo blando que me mueve a mantenerla hasta el infinito. A veces corta, pero nunca duele. Nuestras miradas directas varían según los estados de ánimo, pero hay una que me gusta especialmente: la inmediatamente anterior a la despedida. Cuando ambos percibimos ese momento de manera inminente, nuestros ojos se buscan sin dificultad, como quien recorre por enésima vez un camino ya conocido. Yo me asomo al abismo de sus ojos mientras le franqueo el paso al precipicio de los míos. Y siempre quiero resbalar para tocar ese algo blando que espera en el fondo, pero nunca logro alcanzarlo. Porque entonces nuestros abismos se cierran a la vez de manera abrupta y sorda, como el disparo de una bala perdida.

            Nunca nos decimos adiós, porque sé que a él no le gusta. Tal vez, para no romper el silencio. Tal vez, para llenar la recámara de nuestras soledades con balas perdidas para disparar en la próxima ocasión.

18/12/2007 17:53 Autor: Laura Novelle. #. Tema: El Faro de Alejandría Hay 1 comentario.

TIEMPO SIN HORAS

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El mes de junio nos abandona y el de julio aún no ha llegado. Llueve tras los cristales de forma impenitente. El agua forma finos hilos que resbalan deprisa y se renuevan uno tras otro. No sé muy bien qué hora es, la bruma no me deja ver dónde estamos. Lo que debería ser un largo y luminoso atardecer veraniego se ha convertido en una tarde de cielo plomizo y luz tamizada por la lluvia. Tengo los ojos clavados en la distancia, pensando en un montón de cosas que se atropellan en mi cabeza igual que las gotas de lluvia. Ahora mismo podría estar en medio de ninguna parte camino de ningún sitio. Me siento así a veces, perdida en medio de la nada, constructivamente sola.           

Por fin comenzamos a movernos con lentitud. Antes de que el suave traqueteo del tren se vuelva violento, me doy cuenta de que el desvencijado reloj de la estación ha perdido las agujas. Aprovechando un leve claro que pugna por abrirse paso entre las nubes, me quedo mirándolo todo el tiempo que me deja la velocidad del tren. Y cuando ya no puedo verlo, se me ocurre pensar de qué sirven las horas si no hay nada que las marque. Tiempo sin horas; tiempo que ha renunciado a ser aprehendido por una medida humana, finita, siempre corta. Las horas son trozos diminutos del tiempo a las que tratamos de agarrarnos para fingir que vivimos.            

La lluvia se ha vuelto débil, insistentemente tenue. El manto de la noche se extiende casi a la misma velocidad que avanza el tren. ¿De qué sirven las horas cuando ha desaparecido eso que nos inventamos para marcar la ficción de su paso?.     

18/12/2007 17:45 Autor: Laura Novelle. #. Tema: El Faro de Alejandría No hay comentarios. Comentar.

O CUMPREANOS

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—¡Mamá, mamá! ¡Non! ¡Non me deixes! ¡¡Mamá!! —berrou.Seguiu berrando instintivamente, ata que só podía escoita-lo eco da súa propia voz retumbándolle no peito. Pero foi inútil. Ela alonxouse entre bágoas e a empurróns, deixándolle toda unha vida por diante nun mundo que non comprendía.Desconcertada, camiñou vagarosamente e sen rumbo pola cidade desfeita. De súpeto, unha estraña dor coma se unha manchea de agullas se lle cravasen nas pernas lembroulle que levaba demasiado tempo agochada naquel escuro recuncho, baixo as escaleiras dunha casopa en ruínas, onde a súa nai tentara protexela das bandas de milicianos  que peiteaban as rúas. “Están rabiosos coma cans”, escoitáralle dicir. Tiña medo, os seus ollos negros sen fondo irradiaban a seguridade que só posúen os que non teñen nada que perder. Case sen darse conta, cambiara de camiño para evitar cruzarse cunha parella da Garda Civil  a cabalo que se detivo na diminuta praza do pobo. Dende un lugar seguro, observou cómo penetraban na casa de Cosme, o farmacéutico; ata creu ve-lo rostro desencaixado de Pura, a súa muller, asomando á porta. ¡Cantas tardes lle fixo compaña!. Un disparo rachou coma un coitelo o tenso silencio, e a parella saíu cargando o corpo de Cosme, que foi deixando unha lene pingueira de sangue ata o cabalo, a onde o subiron ás presas antes de marchar por unha estreita corredoira. Sen poder reprimi-la rabia que lle quentaba a face en forma de salgadísimas bágoas, axeonllouse contra a parede que lle servía de inesperado acubillo para tratar de contempla-la treboada de imaxes que se agolpaban na súa mente: o seu primeiro vestido de domingo, branco e vermello, que Pura lle fixera para estrear na romaría coa que o pobo celebrou o primeiro ano de vida da República; a ela mesma no balcón verde repleto de flores escoitando dende a estatura dos seus oito anos os discursos de Don Antonio, o alcalde, Don Severiano, o mestre,  Pascual, o electricista presidente da Casa do Pobo, e do propio Cosme, enriba dun sinxelo escenario —case engulido pola moitedume— no medio desa praza agora baleira; á xente cantando o “Himno de Riego” despois do xantar, que ata algún se atrevera a bailar... Pouco a pouco foi quen de erguerse, volveu a ollada cara a praza e viu a Pura no chan, preto do chanzo da entrada, tratando en van de arrastrarse cara a súa cadeira de rodas. Cruzou e tratou de axudala: despois de cargala malamente, deixouna caer despaciño enriba da cadeira e pasouna dentro. Non sabía se a recoñecera. Un  arrepío percorreulle o todo o corpo ó ve-la mancha de sangue coa que se topou ó entrar. Cando tentaba tapala cunha manta, a muller sorriulle, pero palideceu para dicirlle cun fío de voz:—Matáronmo, filla, eses asasinos matáronmo. Pero non será en van se ti chegas a ve-la fin desta traxedia. Vaite antes de que te descubran.—E vostede? cómo a vou deixar así?Antes de perde-lo sentido, respostou, cravando a mirada na súa cunha determinación que a asustou:—De qué me serve a vida que me quede se me levaron a metade? Igual que a maldade, a paciencia non coñece límites, así que só podo agarda-la morte. Marcha.Algo no seu interior lle dixo que non tiña nada que facer alí e botou a andar pola rúa  que conducía á igrexa parroquial: sería un bo lugar para pasa-la noite. Explosións e disparos lonxanos rompían a calma ás veces, mentres o sol se ocultaba calmoso. Camiñando, tratou de deixarse absorber de novo polos seus pensamentos: o que acababa de observar tróuxolle a nidia imaxe do seu pai, ó que un grupo de falanxistas sacaran da cama unha semana despois de estoupa-la guerra; a súa nai atopou o cadáver ós poucos días entre a lama dun camiño cando ía buscar auga. O seu delito: ser un carpinteiro republicano elixido interventor nas eleccións da Fronte Popular. Na Igrexa, baleira e chea de restos de metralla, atopou un sitio onde durmir.  —Non sei canto tempo estiven alí, nin canto pasou ata que escoitei o marmuio dunha radio dicir “En el día de hoy, vencido y desarmado el ejército rojo...”—Avoa, ¿e a onde levaron á túa nai?.—Tardei en sabelo, pero morreu nunha cárcere de mulleres en 1950.—Iso pasou hai moito tempo, pero cada vez que mo contas parece que foi onte. Cómo é que o lembras tan ben?.—Ai, miña nena!. Para a memoria, o onte sempre é un hoxe. Nunca esquecerei ese un de abril porque eu cumpría 15 anos.  “En el día de hoy, vencido y desarmado el ejército rojo, han alcanzado nuestras tropas sus últimos objetivos nacionales. La guerra ha terminado”—Pero avoa, rematan as guerras algunha vez?

 

18/12/2007 17:42 Autor: Laura Novelle. #. Tema: El Faro de Alejandría No hay comentarios. Comentar.


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