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Medio siglo de juerga. En el aniversario de A Esmorga

Por estas fechas se publicó hace 50 años en el exilio un libro capital para las letras gallegas contemporáneas: A Esmorga. Los babeleros asiduos y reincidentes conocen bien mi debilidad por esta obra, pequeña en extensión pero grande por muchas razones. La asfixiante crónica de autodestrucción que encierra una noche de juerga nos lleva a las profundidades del ser humano a través de un recorrido por Ourense narrado con técnicas realmente vanguardistas para su época. No en vano, el hijo de Aurora Amor fue toda su vida un outsider. Comprometido con Galicia e incómodo por su compromiso y su opción vital, Eduardo Blanco Amor (Ourense, 1897-Vigo, 1979) tuvo en vida pocos apoyos y aún menos amigos, lo cual no mermó en absoluto su generosidad. Sólo un talante generoso puede explicar por qué donó su biblioteca personal a la Diputación Provincial, la misma institución que le abrió un expediente por "rojo" en los primeros años de la dictadura.
Toda su obra brilla a gran altura, tanto en gallego como en castellano. Internacionalmente conocida es su contribución a los Seis Poemas Galegos de Lorca, pero Blanco Amor es mucho más. De A Esmorga, se han hecho adaptaciones teatrales (bastante buena la versión estrenada en el Principal hace ya varios años, con Sergio Pazos como Cibrán ) e incluso cinematográficas, bajo dirección de Gonzalo Suárez y con la colaboración del propio Blanco Amor en la confección del guión. Para quienes no la hayan leído, este cumpleaños es una buena ocasión; para los que sí, pueden gozar de la relectura. Los clásicos no aburren nunca. Porque A Esmorga, con su lúcida y visionaria incorreción política, es desde luego un clásico contemporáneo.
Ley de Amnesia Histórica

“Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella, tampoco me salvo a mí”, dejó dicho José Ortega y Gasset (1883-1955) en una de sus frases más citadas y tal vez menos comprendidas. Quiero hacer una reflexión sobre el poder constructivo de la memoria y su uso histórico a través de la fusión de dos dispares experiencias personales recientes. Hace unos días, pedí a mis amigos que describiesen un recuerdo que hubiésemos compartido mediante comentario en una conocida red social española. Atentos y disciplinados, tod@s dejaron su huella bajo la petición. Al día siguiente, pude sonreír, emocionarme, evocar detalles que ya no recordaba y que trajeron a mí el recuerdo intacto, como finísimos sedales que rescatan momentos grabados a fuego en lo más profundo de la mente. Resultó gratificante y sorprendente revivirlos a través de la percepción de otr@. Esa misma tarde acabé en Urgencias por un dolor dorsal y cuando abro el prospecto del analgésico prescrito, leo que puede provocar amnesia anterógrada. La combinación de ambas vivencias me hizo reflexionar sobre la fragilidad de lo que somos: un cúmulo de recuerdos anudados por terminaciones neuronales que comienzan a romperse en el instante mismo de la muerte.
Si esto es aplicable a las personas, puede ser aplicable también a los colectivos que éstas forman. De ahí la importancia de la memoria en la construcción del relato histórico que es, también, una visita al pasado a través de la percepción de otr@. Placas, estatuas del Caudillo, títulos honoríficos recogidos en actas municipales, historias de abuel@s... todo eso forma parte de nosotros mismos, y por eso no debe negarse ni borrarse. Este irreflexivo deseo de eliminar símbolos franquistas es hurtar un derecho a los que vienen detrás; cortarles el sedal del que las nuevas generaciones deben tirar para conectarse con su sociedad y su tiempo. Adaptando la frase de Ortega y Gasset, he confirmado en propia piel que yo soy yo y mi memoria, y si no la salvo a ella, tampoco me salvo a mí.
El poder de la escritura en el Día del Libro

Hoy es el Día del Libro y quiero compartirlo con todos vosotros desde la cascada de un modo un tanto especial.
Hace algún tiempo, una colega alaricana me pasó un corto mexicano que en menos de seis minutos refleja muy bien el poder transformador de las palabras. El argumento de la historia, junto con la música (tomada de la película El cartero... y Pablo Neruda, inspirada en la novela Ardiente paciencia, de Antonio Skármeta) me produjo una impresión especial. Tal vez, porque para mí la palabra escrita siempre ha tenido un valor terapéutico. Tal vez, por que sé bien que las palabras pueden transformar la amargura en placer. Y de todo eso va precisamente Historia de un Letrero (The History of a Sign).
Que lo disfrutéis! Feliz Día del Libro y felices lecturas!
LEER ES VIVIR DOS VECES


